viernes, 24 de junio de 2016

Casicuentos para Rita: Ciberbog XXXI Frustraciones

Puse mi pulgar sobre el escáner del ascensor e inmediatamente vino a buscarme, no le había preguntado al Ciberbog cuál el código del piso que debía buscar, no hizo falta él sabía que estaba en el ascensor y sin yo pulsarlo subió a la planta correcta. Deshice mis pasos hasta el departamento de limpieza, deje el carro, me quité el buzo y la máscara y salí pintando de allí con idea de deshacer mi camino hasta el centro comercial. No hizo falta, en el recibidor un holovid de una pelotita naranja señalaba otra puerta. Otro pasillo, otro ascensor, mas puertas…, mucha seguridad que burlaba con simplemente acercar mi dedo. Aparecí en un punto cercano al bosque de torres de ventilación donde nos encontramos por primera vez y fue en ese momento cuando me di cuenta de que tenía el pañuelo de seda en mi bolsillo. No se hubiera podido quedar con él pero me maldecí por no habérselo ofrecido. No hubo tiempo, se me había olvidado por el estrés del momento, da igual, para variar solo había pensado en mi mismo. Otra vez demasiado tarde para rectificar.
El cielo era gris, el viento soplaba del norte en aquella ciudad casi siempre hacía frio, o así lo sentía yo. El frio ha sido mi compañero de viaje, frio por dentro, congelado, la vida atravesada por un tempano de hielo, el sol vino con ella y se puso en el mar en aquel día de verano. El ocaso mas bello que nunca devolvió un amanecer.
Recuerdo su último beso, fue extraño, no sentí lo mismo que otra veces, estaba demasiado nervioso, era un volver a empezar, era una nueva esperanza pero al día siguiente se quedó en nada. En la madrugada mi vid mostró un mensaje, olvídate de lo de ayer, no ha sucedido. Contesté que imposible, que jamás podría olvidarlo. Lo que vino en horas posteriores no tengo fuerzas para contarlo, baste saber que de todos mis errores los mas grandes los cometí en aquel momento.
Sumido en mis pensamientos y olvidando toda prudencia caminé hacia el tubo. Pasé al lado de la puerta del centro comercial, miré a los dos Ciberbogs, me hubiera abalanzado sobre ellos para golpearles con fuerza. No, no hubiera servido para nada tan solo para descargar la enorme frustración que sentía. La violencia no sirve para nada, no arregla nada, lo empeora, pero el ser humano después de muchos siglos de historia seguía sin aprenderlo y se deja llevar por sus impulsos, se deja arrastrar por sus frustraciones, por sus emociones, no hemos aprendido a encauzarlas todavía, somos animales, lo somos, biológicamente poco nos diferenciamos. Deploro la violencia solo engendra violencia o sometimiento, la violencia acaba con la vida, el sometimiento con libertad. En ocasiones también a mi me cuesta refrenar mis impulsos aunque la madurez ha ido moderándolos hasta casi hacerlos desaparecer. Es curioso cómo se alimenta la violencia llamando cobarde al que no quiere recurrir a ella, tan impresa esta la violencia en nuestros genes. Pero de todas las violencias la mas execrable, si es que hay alguna peor que otra, es la que parte de la codicia, la que sacrifica vidas solamente para tener mas, mas dinero, mas poder, la violencia que viene de aquellos que se creen tan importante que otras personas deben sacrificar su vida por ellos. Egos tan grandes solo muestran un vacío en su propio ser.

Me bajé del Tubo en el centro de la Ciudad, entré en el primer hotel que encontré, puse mi dedo en el escáner y reservé una habitación sin más trámites. Era un hotel sencillo pero mucho mejor que cualquiera en el que hubiera estado nunca. Cogí mi vid de bolsillo y accedí a mi identidad de incognito con ánimo de poder seguir hablando con el Ciberbog.