jueves, 16 de junio de 2016

Casicuentos para Rita: Ciberbog XXVII Desapercibidos

Abrí de nuevo la puerta de bioingeniería y esta vez accedí con decisión a un pasillo largo y bien iluminado que como pude ver después de un largo rato caminando desembocaba en la puerta de un elevador. El pulsador del elevador era un escáner de huella digital, la seguridad parecía que se incrementaba en aquel punto. Pensé en el listado de puertas y códigos que tenía en el bolsillo, cuando lo encontré pensaba que me sería de utilidad pero en este momento no me valía para nada.
En un golpe de inspiración me situé a un par de metros de la puerta y tiré algunos de los elementos de limpieza del carrito al suelo como si se me hubieran caído y me agaché junto a ellos. La idea era esperar a que subiera alguien en el ascensor o viniera alguien por el pasillo y colarme en el ascensor en ese momento, tener las cosas por el suelo me servía como excusa para estar parado en el pasillo.
Pasó prácticamente una hora hasta que las puertas del ascensor se abrieron. En el interior había una mujer y un hombre ataviados con batas blancas provistas de capucha que no ocultaban que iban elegantemente vestidos, llevaban la capucha bajada y una máscara mas pequeña que la que yo llevaba colgando de su cuello. Ni se fijaron en mi, pasaron a mi lado como si no existiera y ni tan siquiera respondieron a mi saludo. Pensé en las muchas personas que hacían trabajos auxiliares, que ni tan siquiera se merecían un saludo de cortesía, no son nadie, no valen nada, tan solo nos acordamos de ellas cuando su trabajo no está bien hecho y en ese momento no es que las echemos en falta, despotricamos sobre lo vagos que son, sobre lo poco que se preocupan por su trabajo y denunciamos ante quien haga falta que no se había limpiado una pequeña mancha de café de una gota de nuestro propio café, sin ser conscientes de que todos cometemos errores, que todos tenemos días malos. Pero claro, nosotros somos importantes, nuestros trabajos mas problemáticos y mas difíciles y nuestros días malos son los peores. Recordé como las personas del equipo de mantenimiento de la cooperativa en la que trabajaba siempre me saludan con afecto y en muchas cosas se paraban a conversar conmigo sobre trivialidades. Durante mucho tiempo pensé que por alguna razón les caía bien, y no digo que no fuera así, pero la principal razón por la que me saludaban y hablaban conmigo era porque yo era una de las pocas personas que les saludaba y hablaba con ellos. Cuando fui consciente me dolía ver como mis importantes compañero pasaban al lado de ellos y lo único que se les ocurría era criticar que había dejado todo su material en el pasillo y que habían tenido que esquivarlo. Se me caía el alma a los pies ver como hijos e hijas de personas obreras se creían mas que nadie cuando realmente todos éramos lo mismo, herramientas de un sistema que dominaban otros.
En un segundo recogí todo lo que había dejado en el carro y conseguí entrar en el elevador antes de que se cerraran las puertas. En vez de los típicos botones que indicaban los pisos había un teclado alfanumérico que me dejó desconcertado. Había pensado en pulsar el botón que mas abajo -o mas arriba- me llevara suponiendo que ahí estaría lo que quisieran guardar con mayor celo pero el teclado me dejó desconcertado y sin saber muy bien que hacer.

Saqué el papelito con los códigos y puertas, había tantos que era imposible que cada código se correspondiera con una planta. Sin embargo no tardé en ver un patrón que pudiera corresponderse con las plantas, marqué el código LS3, la pantalla se puso en verde y el ascensor comenzó a moverse.