martes, 19 de enero de 2016

Casicuentos para Rita: El fuego de Mees

Equis no sabía si persistía la niebla en Nies, hacía mucho que no osaba a cruzar aquel mar, solo pensarlo le aterrorizaba. Poseidón ya no le daba miedo, temía lo que podía encontrar en Nies. En Nies y en Maes, Mees era poco más que un recuerdo, sus habitantes se habían acostumbrado a vivir entre la niebla y entre las tormentas. El poder de adaptación de la vida a las circunstancias, persistirá mientras sea posible, da igual si es una vida que merece la pena vivir o no, la vida debe ocultar algún sentido en si misma aunque esté vacía, solo así se entiende la inalterable constancia con que intenta salvaguardarse y perpetuarse.
Es curioso como algunos acontecimientos van quedando atrás en el tiempo y sin embargo persisten el espacio, grabados a fuego en los lugares donde sucedieron, impregnándolos de sus aromas y sensaciones como testigos inmutables de un pasado que con la mirada perdida en el tiempo puede parecer que nunca sucedió o que sucedió de otra manera, más idílica, mas terrible, mas algo… el ser humano tiende a la exacerbación del recuerdo de todo aquello que de alguna manera marcó sus vidas, las cambió y les hizo diferentes a lo que eran, ni mejores ni peores, simplemente diferentes. En cada derrota se gana algo, cada victoria viene acompañada de pérdidas.
Idealizamos, idealizamos personas, acontecimientos, vidas y sin embargo nada sale de lo habitual aunque todo lo que sucede en la vida es una excepción irrepetible. Equis idealizaba Mees y en cierta manera era un espejismo, como lo es cualquier cosa en la vida, creado por su propios anhelos, por sus deseos, por sus sueños. Mees era perfecto porque los que allí vivían querían verlo así. La niebla les abrió los ojos pero lo hizo para mostrarles otro espejismo, otro que también llevaban dentro. Somos presas de nuestra subjetividad, lo objetivo no puede existir para nosotros, ni tan siquiera podemos ser objetivos en lo que hace referencia a otras personas porque siempre interpretaremos lo que vemos en base a nuestra experiencia, a nuestra vida, a nuestro ser. Y así tenemos que vivir y cuando eres consciente de ello la vida se convierte en una duda eterna que sin embargo no debe pararnos pero nos para. Y nos detenemos a veces en lugares inhóspitos donde las tormentas nos castigan, o sumidos entre una niebla que nos ciega pero el tiempo no se detiene, avanza inexorable hacia el final de nuestras vidas, hacia el finar de la era de los seres humanos. La vida se abrirá paso pero tal vez ya no sea la nuestra.

Desesperanza, así vivía la vida ahora Equis. Iba, venía, construía, derribaba, trabajaba, descansaba, pensaba, se perdía, olvidaba, recordaba… vivía, pero vivía sin encontrar sentido a la vida.  ¿Lo tiene? ¿Realmente tiene la vida un sentido? O simplemente se trata de mantenerse vivo hasta que la irremediable muerte nos alcance. Cada cual le dará un sentido a su vida pero realmente no debe tenerlo en si misma aunque así se empeña en parecerlo. Pero vivir sin sentido es no vivir, para Equis Mees fue el sentido y sin Mees estaba perdido. No podría olvidar la excepción de Mees y sin embargo probablemente supondría entregar su vida a una causa perdida. Olvidarse Mees no era una opción porque nadie puede olvidar que alcanzo la vida plena. Encontrar Mees en otros mundos una quimera, crear Mees en otros mundos un imposible, Mees solo podría existir allí, en Poseidón, a mitad de camino entre la niebla y la tormenta. Tal vez lo acertado sería imaginar otra ciudad, otro mundo y tratar de construirlo desde el mundo en el que se encontraba, tan distinto y tan igual a lo que fue Mees, un mundo que resistiera al menos la comparativa con el espejismo de Mees, mejor en algunas cosas, peor en otras como lo sería cualquier mundo. Mees fue un regalo, Equis nació en Mees y en Mees estaba muriendo. Mees ya no existía. Mees era un recuerdo. En Maes había rescoldos, en Nies solo cenizas, Poseidón se encargó de apagar el fuego Mees.