viernes, 6 de mayo de 2016

Casicuentos para Rita: Ciberbog VIII - Cielos grises

La cola avanzaba con rapidez, la azafata pedía y escaneaba las tarjetas de embarque y apenas se molestaba en comprobar la documentación. Sería fácil. Delante de mío se encontraba una familia, la mujer llevaba una falda gris corta con vuelo como con volantes. La misma falda que ella llevaba aquél día en el que subimos a un monte cercano para contemplar la ciudad, siempre la veía preciosa pero aquel día me parecía la mujer mas guapa del mundo, sin duda para mi lo era, lo sigue siendo. Ambas mujeres no se parecían en nada pero no podía dejar de mirarla, tanto me recordaba a ella. Así llegué a la puerta de embarque, dejé caer mi pelotita naranja para que rodara hasta donde se encontraba uno de los hijos de la mujer que ya había pasado el control. Le puse una amplia sonrisa a la azafata y le entregue mi vid con el billete y la documentación falsa y salí corriendo a por mi pelota y jugué por un instante con el niño. La escena debió entretenerla lo suficiente como para no prestar demasiada atención y cuando volví a por mi vid me franquearon el paso sin ningún impedimento. Le puse la mejor de mis sonrisas y recorrí a grandes pasos los pasillos hasta el avión.
Me senté en  mi asiento y cuando por fin el avión se puso en movimiento me quedé relajado y me dormí. En mi vida son pocas las veces que me acordaba de mis sueños pero desde que dejamos de vernos cada vez eran mas los días en que los recordaba. Me desperté agitado, por segunda vez en los últimos meses había soñado que estaba en una pradera enfrente del mar, sentado en una manta de cuadros junto a ella, erámos felices pero un hombre aparecía a lo lejos en la curva de un camino que subía hacia el monte. Ella lo vio y se levantó para ir en su busca. El no la esperó y siguió ascendiendo por el camino hacia a la cumbre y ella lo siguió y los perdí de vista. Me quedé solo frente al mar y las lágrimas llenaban mis ojos.
Llegaba por fin a mi ciudad, me encontraba seguro y a salvo. La corporación a la que pertenecían las instalaciones había quedado atrás. También quedaba atrás el Ciberbog. Me invadió un sentimiento de culpa por haberle dejado solo, por no haberle ido a buscar y saber lo que había sido de él. Sentí en ese momento que había abandonado a un amigo. El miedo me había llevado a pensar solo en mi mismo, en mi propia supervivencia y me había olvidado de todo, incluso de los amigos. Se que fue una actuación egoísta y quiero pensar que no hubiera actuado así con mis amigos de toda la vida, con los que me unían tantas y tantas cosas desde hace tantos años. pero con el Ciberbog me unía algo tan profundo que, a pesar de lo limitado de los momentos que pasamos juntos y la relación que tuvimos, me acompañaría el resto de mis días. Le había abandonado, tarde para evitarlo, espero que no demasiado tarde para ponerle remedio. Desembarqué del avión decidido a como mínimo investigar que había sucedido con él, asumiendo que tal vez fuera un camino peligroso.

Mi ciudad me recibió con sus cielos grises y con sus grises suelos humedecidos por las gotas de una lluvia fina. Estaba en casa, pero mi hogar siempre estaría donde ella estuviera. Por eso fui aquella ciudad, para ver lo que ella vio, para seguir sus pasos, para encontrarme con su fragancia, para sentir que de alguna manera seguíamos unidos, cerca. El viaje no acabó como esperaba pero encontré allí mucho mas de lo que buscaba. Su huella era mucho mas profunda de lo que habría podido imaginarme. El magnebus se desplazaba silencioso entre las verdes montes arbolados, la pelotita naranja acudió de nuevo a mis manos.

jueves, 5 de mayo de 2016

Casicuentos para Rita: Ciberbog VII - Huir

Pasaron primeros las horas como si fueran minutos, faltaba menos de una para que partiera mi vuelo y aún tenía que pasar los estrictos controles de seguridad y no había encontrado solución alguna para hacerlo con mi identidad de incognito.  Me puse en la larga cola sin ninguna esperanza pero si me demoraba mas perdería el vuelo.
Saqué mi vid de comunicaciones, durante el tiempo de espera había diseñado mi propia documentación falsa. En la pantalla quedaba estupenda pero ni tenía donde imprimirla y, aunque lo hubiera tenido, en papel no hubiera sido lo mismo y desde luego no hubiera resistido el escáner policial y mucho menos la comparativa con el escáner de retina y de huellas digitales.
Me acercaba al primer torno, en ese solo debía pasar el código de mi billete, no habría problemas para pasarlo. Pero mas adelante me pedirían el billete y la documentación juntas y hasta ahí llegaría mi viaje.
Un segundo antes de pasar mi billete por el torno lo cambié y puse en la pantalla de mi vid el que tenía para mañana con mi identidad real. Sabía que inmediatamente me localizarían pero la desesperación me hizo pensar que estando el aeropuerto muy alejado de la ciudad tal vez no reaccionan con tiempo suficiente y me diera tiempo a coger el vuelo y huir de allí definitivamente. Mi idea era pasar el control de seguridad de manera “legal” y sin embargo dirigirme luego a mi vuelo de incógnito. El torno giró y pasé sin problemas para ponerme en una nueva cola que daba acceso al mencionado control. Los nervios me estaban consumiendo.
Llegué al control policial en el que me pidieron billete, documentación y me hicieron el pertinente escáner de retina y huellas digitales. Me preguntaron mil veces como es que venía prácticamente 12 horas antes de que partiera mi vuelo y mis respuestas se ciñeron siempre a la primera respuesta improvisada que se me ocurrió. Como el vuelo era pronto a la mañana, el desplazamiento desde la ciudad largo y, a cierta hora, abarrotado de gente me pareció mas cómodo desplazarme con tiempo y esperar aquí el vuelo, a lo cual añadí, buscando de alguna manera la complicidad del agente, que así me ahorraba una noche del apartamento ya que mi situación económica distaba de ser boyante. Ya sea que tengo cara de bueno o a el aspecto que tenía que tener debido a un día largo lleno de tensiones o ambas cosas, conseguí el efecto deseado y el agente dejó de preguntarme y me terminó confesando que con el salario de mierda que tenía él apenas le llegaba para llegar a fin de mes y que en alguna ocasión había incluso dormido en el aeropuerto para ahorrase el desplazamiento a la ciudad. Me franqueó el paso y me despedí de el con una sonrisa y un gesto amable. Aliviado como estaba, dediqué unos instantes de mi pensamiento a reflexionar a cerca de cómo habíamos llegado a aquella situación en la que incluso personas trabajadoras se enfrentaban a situaciones de pobreza. Las corporaciones maximizaban sus beneficios mientras pagaban salarios de miseria que apenas llegaban para los gastos básicos. Los gobiernos mientras tanto les hacían el caldo gordo aprobando leyes que permitían a las corporaciones hacer prácticamente cualquier cosa con las personas trabajadoras y todo en aras de salir de una crisis económica que hacía años que nos acompañaba. En realidad en mis años de vida, que por desgracia ya van siendo unos cuantos, casi siempre hemos estado en crisis pero los ricos cada vez son mas ricos y los pobres cada vez mas pobres. Han pasado miles de años de historia y muchos sistemas políticos diferentes pero en todos ha habido pobres y ricos y los últimos siempre han estado sometidos a los primeros. Si tenemos mas libertades, aunque hasta esas se están reduciendo, pero seguimos siendo sus esclavos de alguna manera.
Avancé por la terminal y cogí el tren interno en el que había que desplazarse a la terminal internacional. Observé con cierta envidia a las personas que esperaban el tren que llevaba a la terminal de transbordo al espaciopuerto. Desde que era niño había soñado con viajar por el espacio y visitar esos maravillosos planetas que nos presentaban en los vid del centro educativo infantil. No había civilizaciones desconocidas como imaginaba en mis ensoñaciones infantiles, tan solo centros turísticos para ricos. Si algún día viajaba allí sería para trabajar, otra cosa no podía permitirme, pero no descartaba hacerlo. Las estrellas, el espacio y seguramente la posibilidad de conocer otros mundos, de crear otros mundos mejores en un planeta alejado de esté habían estado desde siempre en mis sueños.

Llegué a mi terminal, no a la de mi billete con la identidad real, si no al de la identidad de inóognito. Una azafata franqueaba la entrada y solicitaba billete y documentación. No era un miembro de seguridad y se me antojaba que sería sencillo montarme en el avión aunque de nuevo no tenía una idea clara de como hacerlo, me había puesto a pensar en lo importante y había dejado de hacer lo urgente. De nuevo sin un plan me situé en la cola y de nuevo la pelotita naranja apareció en mis manos.

miércoles, 4 de mayo de 2016

Casicuentos para Rita: Ciberbog VI - Controlados

Soy miedoso y timorato y con tendencia a la paranoia, pero creo que en justicia la situación era para estar nervioso y así se demostró con posterioridad. Tenía el vuelo para el día siguiente y todas mis cosas en el apartamento, aunque lo realmente importante lo llevaba conmigo. Comprobé todos mis bolsillos para asegurarme de tener la documentación y créditos y hurgué hasta el fondo en el de mi pantalón hasta encontrar la pelotita naranja. Podía prescindir del resto de cosas que guardaba en el apartamento. Tal vez debería haber entrado y enfrentarme a lo que me encontrara, al fin y al cabo yo no había hecho nada, pero la intuición me decía que no lo hiciera. Volví sobre mis pasos y entré en un bar, pedí una bebida relajante y seguí dándole vueltas a la cabeza sobre lo qué hacer en aquella situación.
La primera conclusión a la que llegué es que no debería coger mi vuelo, sin duda me estarían esperando. Podía reservar otro pero hacerlo a través del vid de comunicaciones sería un error porque probablemente lo rastrearían. La idea del vid me hizo saltar de la silla y lo saqué inmediatamente para comprobar que tenía desactivada la geolocalización y accedí con mi segunda cuentacom para que tampoco pudieran rastrearme por el uso de datos. Era una suerte tener esa cuenta, hoy en día era prácticamente imposible crearse una segunda cuentacom que no estuviera vinculada a tus datos reales pero esa cuenta era antigua, de cuando los sistemas de seguridad, vigilancia y control eran menos férreos. Tan solo había tenido que ir inventando una segunda personalidad para mantenerla abierta. Ahora vivíamos en una sociedad obsesionada por la seguridad en la que cada movimiento de los ciudadanos y ciudadanas estaba totalmente controlado. A mi entender era tan solo eso, una forma de control y una manera de generar miedo, las personas con miedo somos mas dóciles y nos preocupamos menos de otras cosas, dejando el campo abierto a los que ostentan el poder político supuestamente en nuestro nombre y el poder económico en el suyo propio.
Aun teniendo esa cuenta no podría reservar el billete desde ella porque los datos de mi cuenta de créditos si que estaban vinculados a mis datos reales. Hubiera sido un verdadero atolladero de no encontrarme en aquella ciudad en concreto que, por tradición y por sostener una economía mas sólida que la mayoría, contaba con un papel moneda de uso exclusivo en ella. Soy persona prevenida y  de pocos vicios y en mi cartera conservaba prácticamente todo el dinero del que me había provisto antes del viaje. Tal vez eso me permitiera mantenerme unos días e incluso viajar de nuevo a mi ciudad, solo había que planificar como hacerlo.

Tomé una decisión, si me esperaban en el aeropuerto al día siguiente, lo mejor sería adelantarse, así que salí precipitadamente del bar y me metí directamente en el Tubo. Llegué a una terminal atestada de gente. Mientras viajaba hacia allí había investigado a través del vid y había un vuelo que partía en cuatro horas hacia mi destino. Me dirigí a la oficina de la compañía que lo operaba y, excusando haber perdido mi vid de comunicaciones –a través del cual también se gestionaba el crédito-, compré un billete con papel moneda usando mi segunda identidad. Solo con el billete en la mano me percaté de que no podría pasar el control de seguridad, mi segunda identidad unicamente era virtual y no tenía ninguna documentación que la sustentara. Me parecía imposible dar con una solución pero tenía unas horas por delante para intentar encontrarla. La pelotita naranja jugaba entre mis dedos.

martes, 3 de mayo de 2016

Casi cuentos para Rita: Ciberbog V - Pérdidas

Según iba avanzando por las calles atestadas de gente del centro de la ciudad me fui tranquilizando, incluso comencé a reírme de mi propia paranoia. Incluso aun el caso de que quisieran borrar la existencia de ese Ciberbog y sus sentimientos no tenían porque querer eliminarme a mi también. Sustituir un ciberbog por otro igual se podía deber a que lo tenían almacenado y sin usar entre los miles de trastos que había almacenados en las instalaciones. Ni lo sucedido me resultaba tan importante, ni mucho menos lo era to. ¿Qué importancia podía tener un miserable técnico que estaba de turismo en una inmensa ciudad de millones de habitantes? ¿Qué importara lo que supiera? ¿A quién se lo iba a contar y qué podían hacer con esa información?, y, además, ¿quién iba a creerme? Como creer algo que sencillamente es imposible. Me fui animando y decidí disfrutar de mi último día de estancia en la ciudad.
Nevaba, tan solo unos finos y esporádicos copos, siempre frio. Perdí el amor, ahora perdía un amigo. Entré en uno de los fantásticos museos de la ciudad, el imperio que fue había expoliado arte y cultura por medio mundo pero no pude dejar de sobrecogerme al contemplar la pieza que presidía la entrada a la sala del antiguo Egipto. A partir de ahí la visita fue a menos, aquella piedra daba sentido a una parte de la historia. Paseé sin rumbo fijo por las diferentes galerías, en realidad cada pieza expuesta era algo único, podía tocar lo que había leído en los libros. Mi historia particular cobraba menos importancia a la sombra de la luz de aquellos tiempos remotos. Yo no perduraría como perduraron esas culturas, como perduraron las momias de aquellos faraones y nobles, consiguieron su objetivo, querían transcender en el tiempo y de alguna manera lo consiguieron. No se que pensarían al saberse expuestas como piezas de museo pero desde luego no murieron con su muerte. Yo moriría y al de pocos años nadie sabría de mi ni tan siquiera mi extirpe que acabaría cuando yo lo hiciera. Del polvo venimos y en polvo nos convertiremos, lo veía mas claro que nunca. No importaba lo que hubiera vivido, no importaba el amor, no importaba nada, moriría y de mi no quedaría nada. Sin embargo el amor me dolía, el amor me parecía que hubiera dado sentido a esta vida, daba igual, ahora ya no lo tenía pero debía sonreír yo lo tuve aunque fuera por un tiempo que me pareció un instante, el Ciberbog creo que no lo tuvo nunca. Se enamoró de alguien que es posible que ni tan siquiera llegara a darse cuenta que existía, que seguramente se hizo una foto con él por lo impresionante de su presencia. Yo también lo hubiera hecho en otras circunstancias. También en eso le entendía a veces amamos a quién ni tan siquiera sabe que existimos.

Abatido de nuevo, aunque por diferentes razones, me metí en el Tubo para dirigirme al apartamento. De lejos pude ver una cortina descorrida de una de las ventanas, maniático, obsesivo y metódico como soy para algunas cosas supe de inmediato que yo no la había dejado así. Y de inmediato también abandoné todo pensamiento melancólico y centré mi atención en la observación. Me acerqué parapetándome en cada recoveco tratando de no llamar tampoco demasiado la atención. Confirmado, estaba abierta. Sin duda alguien había entrado en el apartamento.

lunes, 2 de mayo de 2016

Casi cuentos para Rita: Ciberbog IV - Desaparecido

La luz del nuevo día era mortecina, mediaba la primavera pero el invierno extendía sus garras mas allá de su propia vida. El cielo me recordaba al de mi ciudad, por un instante me embargo la melancolía al mirar por la ventana. Caía una fina llovizna y las personas que en la calle había se desplazaban con rapidez envueltos en varias capas de ropa. Hacía frio. Muchos meses ya con ese frio metido hasta los huesos, la última vez que la vi era verano, no he vuelto a sentir calor desde entonces.
Encendí el vid de comunicaciones, iba a decirle al Ciberbog que hoy me acercaría de nuevo a verle. Quería conocer su historia, me sentía unido a él, identificado de muchas maneras, un amor perdido, un amor por la misma persona y una vida programada de la que no podíamos escapar. Era extraño pero sin apenas conocerle había encontrado en el Ciberbog un amigo, y mas extraño aún era que lo había encontrado en una máquina que supuestamente estaba exenta de sentimientos. La conversación no estaba, había desaparecido por completo, incluso de la memoria interna de mi propio vid. Saqué de mi pantalón el vid de bolsillo y el resultado fue el mismo, la conversación estaba borrada totalmente. Solo se conservaba la foto que guardé en un espacio virtual vinculado a una segunda cuentacom desde la que accedía de incognito a la red. Me quedé mirando la foto, había un detalle en el que no me había fijado, el número de identificación del Ciberbog, 3271, un número lleno de simbolismo.
Cuando salí de mi ensimismamiento me invadió la tristeza, había perdido al Ciberbog igual que la perdí a ella, sin una explicación, sin una despedida, sin saber lo que había sido para ellos. Volvería a las instalaciones, volvería como volví a visitarla a ella para buscar una explicación, para explicarme yo también, y sobre todo con la esperanza de que no fuera el final.
Me monté en el Tubo, a aquellas horas de la mañana iba rebosante de personas, me acomodé en una esquina como pude. Según íbamos alejándonos del centro de la ciudad se iba vaciando hasta que por fin pude incluso sentarme. El trayecto me dio la oportunidad de tener un rato de reflexión ¿y si no hubiera sido el Ciberbog el que había borrado los mensajes? No debía descartar la idea de que alguien hubiera descubierto que aquella máquina con forma humana pudiera estar expresando sentimientos y no quisiera que transcendiera públicamente. Un mundo lleno de oportunidades pero también de peligros y sobre todo un mundo desconocido y como casi siempre lo desconocido infunde miedo. Pero yo lo sabía, si lo querían ocultar ¿podría llegar a convertirme en un cabo suelto?.
Por la prudencia que lleva aparejado el miedo me bajé en la estación anterior a la correspondiente a las instalaciones, aprovechándome del frio me emboce con un pañuelo y en un comercio cercano compré un gorro de lana y entre ambas cosas me parecía estar irreconocible. Me fui aproximando por calles aledañas a la vía principal y para franquear la entrada me mezclé entre la multitud de personas que entraban y salían. Desde lejos pude ver al Ciberbog en su puesto, me fui acercando con prudencia hasta que contemplé que el número de serie no correspondía. Lo habían sustituido por otro igual, de la misma clase. No tenía sentido, aquel era un modelo muy viejo que hacía años que había dejado de fabricarse, mas caro y con menos prestaciones que los modelos mas modernos. Querían ocultar el cambio de Ciberbog, querían ocultar lo que había sucedido, ahora estaba prácticamente seguro.
Me di la vuelta y deshice mis pasos hasta la estación en la que había bajado del tubo, no me pareció suficiente y decidí volver andando. Pronto volvería a casa, mejor no meterse en líos y olvidar todo lo que había pasado.

viernes, 29 de abril de 2016

Casi cuentos para Rita: Ciberbog III - Confesiones

Me levanté agitado y me senté en la mínima mesa que hacía de comedor. Pulsé el botón correspondiente e inmediatamente surgió del centro de la mesa una ración de desayuno. Retiré el complástico y lo deposité en la tierra de una planta que languidecía junto a una ventana por la que nunca entraba el sol. Me quedé observando como el complástico se descomponía mientras rumiaba la barrita energética.
Sin saber muy bien hacia donde encaminar mis pasos en aquella ciudad desconocida, cogí mi vid de comunicaciones y me encontré el mensaje del Ciberbog. Me citaba en un punto muy concreto de las instalaciones y me enviaba toda serie de indicaciones y mapas para llegar. No lo dudé ni un instante, acudiría, aquel extraño comportamiento del Ciberbog despertaba mi curiosidad y, para que negarlo, me sentía ligado a él por lo que ambos sentíamos. Toda vez que la hora propuesta era el mediodía y tenía tiempo de sobra, decidí prescindir del Tubo y acudir andando a la cita.
La ciudad era un compendio de razas y culturas y mezclaba edificios clásicos decimonónicos con los ultramodernas e inmensas construcciones de cristal y aleaciones mixtas de metal y plásticos. Mis manos tocaban los ladrillos, guardaban en su interior la historia de la ciudad, estaban impregnados también del aroma de ella. Ese aroma que me trajo aquí, ese aroma que ahora encaminaba mis pasos hacia las instalaciones que protegía el Ciberbog.
No me resultó difícil encontrar el punto en concreto y llegué minutos antes de la hora. Allí no había nada de interés, no pasaba ni pasaría nadie, el silencio era completo si exceptuamos el apenas inaudible silbido de las torres de ventilación de las plantas soterradas. A la hora en punto apareció el Ciberbog. De inmediato me fije que su enorme mano izquierda estaba cerrada, me asustó al principió que aquella mano fuera un puño y quisiera usarlo contra mi pero enseguida me di cuenta que simplemente guardaba algo en su interior.
Se acercó con silenciosa parsimonia y se acluquilló para hablar conmigo, aun así debido a su tremendo tamaño su cabeza quedaba mas de un metro por encima de la mía. Me preguntó por mi historia, no por la mía exactamente si no por la parte de mi historia en la que había estado unido a ella, me interrumpía constantemente pero con delicadeza para preguntar detalles, especialmente los relacionados con como era ella, con su forma de ser, con todo lo que tenía de especial. Yo hablaba sin parar, no fui consciente de ello hasta aquel momento, pero necesitaba hablar, necesitaba contar mi historia, necesitaba que unos oídos que pudieran entender lo que sentía me escucharan. Pasaron largas horas y la historia fue llegando a su final. Aunque la esperaba, su última frase me resultó desconcertante “Yo también la quiero”.
Me acompañó hasta la salida de las instalaciones,  el Ciberbog caminaba a lentos pasos porque cada uno de los suyos eran cinco míos.
Al despedirse abrió su mano izquierda y me ofreció lo que en ella atesoraba. Era el pañuelo de seda que le regalé a ella en unas navidades que quedaban ya demasiado lejos. Se lo hubiera arrancado de las manos pero sin embargo le dije que lo conservara como recuerdo, de ella y de mi. Le dije también que volvería para escuchar su historia.
De vuelta al apartamento, bien entrada la madrugada, rebusqué en el fondo de mi bolsillo y saqué aquella la pelotita naranja que me regaló un día y jugué con ella entre mis manos hasta que llegó la luz del día.

jueves, 28 de abril de 2016

Casi cuentos para Rita: Ciberbog II - Programados

Las vetustas instalaciones del Tubo consistían en una serie de enrevesados y, en ocasiones, largos túneles que conducían a las plataformas de lanzamiento. Eran la herencia del mas antiguo metro del mundo. Muchas de las estaciones conservaban el alicatado y la decoración de siglos anteriores a pesar de lo cual no se encontraba ni una sola baldosa rota, ni nada en mal estado. Entré sin rumbo y cogí al azar uno de los trenes de levitación magnética. Al bajar me encontré de frente con un extenso bioparque, sin pensarlo demasiado me encaminé hacia él y me senté en un banco a la vera de un pequeño lago donde abundaban peces y aves acuáticas.
Me vino a la cabeza la imagen que me había enviado el Ciberbog, la imagen, el mensaje que lo acompañaba y también la corta y sorprendente conversación que mantuvimos. Era sencillamente imposible, los ciberbog, aunque estaban construidos en parte con tejido humano de bio-ingienería, tenían una programación estricta para la tarea a la que estaban encomendados. No tenían cerebro como tal, sus respuestas venían condicionadas por sus centros de procesamiento bio-electrónicos, en el fondo no eran muy diferentes de aquellas primeras computadoras de lámparas que dieron inicio a la era informática. De alguna manera los ordenadores eran los bisabuelos de los ciberbogs. Y sin embargo este en concreto había demostrado sentimientos. Tal vez aquella sonrisa había activado todo lo poco que de humano tenía aquella máquina reprogramándose a si misma en parámetros diferentes.
Que esto hubiera pasado resultaba muy interesante y a la vez prometedor en tanto en cuanto las aplicaciones que podía tener pero de la misma manera resultaba inquietantemente peligroso que máquinas tan poderosas pudieran llegar a tener sentimientos y voluntad propia.
Tampoco pudo dejar de pensar qué fue lo que desencadeno aquella reacción del ciberbog, qué es lo que había sucedido con ella para que se hubiera dado esa circunstancia imposible. Pensó en si mismo y se dio cuenta que había muchos paralelismos entre el Ciber y él mismo. A fin de cuentas humanos y no humanos éramos programados, aunque en el caso de los humanos de forma mas sutil y menos efectiva, para realizar tareas en concreto y llevar una vida acorde y adecuada para ellas.
En estos pensamientos estaba cuando empezaron a caer algunos copos de nieve y la tarde se convirtió en noche. Volví al Tubo y desande el camino recorrido. Al calor de la calefacción del miniapartamento quedé dormido de inmediato. No escuché y por tanto no leí el nuevo mensaje que el Ciberbog me había enviado.

miércoles, 27 de abril de 2016

Casicuentos para Rita: Ciberbog I - El aroma de su sonrisa

La ciudad conservaba su aroma. Solo estuvo unos pocos días allí y había pasado ya un año y medio, pero los muros de ladrillos amarillos y rojos apagados se habían impregnado de su fragancia.
Al verme el ciberbog agachó su enorme cuerpo y me habló al oído. “Tu la conoces. ¿ha venido contigo?” mirando a los dos puntos de luz roja que eran sus ojos le conteste que no, que ni tan siquiera sabía  donde estaba. No se cómo pero pude intuir la decepción en su rostro metálico.  Volvió a erguirse y recupero su posición de centinela de las instalaciones, la cabeza alta pero los hombros caídos. Sus bases de datos almacenaban toda la información que circulaba en la red en torno a las personas que visitaban aquel lugar. Por eso supo que la conocía. Lo que nunca sabré con seguridad es la razón por la que me preguntó por ella. ¿Podía un ciberbog enamorarse? Su sonrisa hacia posible lo imposible, así que probablemente esa fuera la respuesta.
De vuelta al centro de la ciudad recibí un mensaje en mi vid de comunicaciones. El ciberbog me había enviado una fotografía en la que aparecía ella junto a él y una pequeña nota escrita en elegantes caracteres “Pídele que vuelva por favor”. Le contesté, “Lo siento pero creo que yo tampoco volveré a verla nunca”

jueves, 21 de abril de 2016

Estimadas y estimados lectores, que con vuestras lecturas y visitas tanta alegría me dais -para vosotras y vosotros siempre tendré palabras de agradecimiento-, como en otras ocasiones os comunico que estaré unos días ausente y que si insistís en la locura de seguir visitándome no encontraréis historias nuevas en unos días. No es por dar envidia, que también, pero me tomo unos días de asueto para visitar una capital europea que me trae muchos recuerdos y que sin embargo jamás he visitado, siendo los recuerdos en parte prestados y en parte de otra índole que no viene al caso. Así que mientras ustedes trabajan yo estaré de turismo; pero no me odien por ello que la estancia no se alargara demasiado y pronto estaré como humilde trabajador que soy partiéndome el espinazo por un salario que esporádicamente me permite dispendios como el que voy a realizar en estos días. Bien es cierto que el trabajo me da otras satisfacciones no monetarias pero por contra también me da disgustos.
Y dicho esto y entendiendo que puedan ustedes estar pensando en lo capullo que soy u otros epítetos igual de insultantes que de atinados me voy a ir despidiendo no sin antes dejarles un microcuento. De nuevo mi agradecimiento y un saludo afectuoso.

Se encontró, como en otras ocasiones en el pasado,  en una ciudad desconocida, rodeado de personas que le eran extrañas y una forma de vida que le costaba llegar a entender. Comió una onza de chocolate que le resultó amargo, demasiado porcentaje de cacao para su obsesivo gusto por el dulce. Aquella era su ciudad y nada había cambiado, el que había cambiado era él. El chocolate estaba delicioso y ya nunca querría comer otro diferente.

Sean ustedes felices, todos nos merecemos serlo.

miércoles, 20 de abril de 2016

Se dejó caer sobre un banco desvencijado de aquella estación de paredes renegridas por el paso del tiempo. Los altavoces del antiguo hilo musical ronqueaban la melancólica melodía de la que hubiera podido ser su canción, de la que debería haber sido su canción. Cabizbajo, no vio como se acercaba aquella mujer de labios carnosos y ojos menudos pero de mirada intensa. Le entregó un libro y se fue, se alejó entre el pulular de la gente para terminar perdiéndose a la vista en aquel anden que debía conducir a una vida mejor pero cuyo tren no terminaba nunca de partir.
Examinó el libro de páginas amarillentas y ajadas. No tenía título, mas tarde supo que tampoco tenía final. En la primera página, manuscrita, la letra de la canción que estaba sonando, a continuación, impresas con una vieja letra, una historia de soledad y tristeza, la historia de una mujer, tal vez la historia de la persona que había puesto el libro entre sus manos.
¿Quién era esa mujer? ¿por qué le había dejado aquel libro? Leyó cada página con detenimiento, con cariño, secándose las lágrimas en cada capítulo pero no logró contestar a esas dos preguntas. Pero la amó, amó a esa mujer, a la protagonista del libro, a la protagonista de aquella historia de una desoladora vida que no llevaba a nada y amó también a la persona que le había entregado el libro. La amó porque le entrego belleza. Esa belleza que no se puede ver a simple vista, la mas verdadera y menos efímera belleza de las personas.
Nunca volvió a ver la mujer que le entregó libro, y si la vio no llegó a reconocerla. La  protagonista de la historia simplemente no podía saber quién era. Pero las llevó siempre en el recuerdo. Cuando cambiaron el banco de aquella estación que se desmoronaba, consiguió que se lo dieran, lo restauró y ahora preside el salón de su casa con ese libro abierto siempre descansado sobre él. Cada día se sienta allí para leerlo, cada día la historia le sorprende con matices que no había contemplado pero nunca le regala las respuestas.
Una historia huérfana de final. Mucho tiempo ha pasado.