miércoles, 11 de enero de 2017

CCPR- Hoper XXV: Bajo la nieve

Sjoman, que combinaba un carácter taciturno y parco en palabras con otros momentos de extroversión, afabilidad, sonrisas y conversador incansable que siempre tenía algo interesante que decir. Era como si dos personas diferentes habitaran en el mismo cuerpo. El taciturno deambulaba por el barco controlándolo todo, el extrovertido paseaba ocioso por los puertos y las ciudades donde atracaban. Ese carácter abierto hacía que tuviera amistades en todos los lugares que visitaba, especialmente en aquellos dónde acudía con regularidad y este puerto del norte era una de sus destinos preferidos.
Sjoman habló con la autoridad portuaria y consiguió a Hoper un trabajo de estibador en el puerto, si no había juzgado mal a Hoper, un hombre inquieto y con sueños, aquel no sería un trabajo para toda la vida pero si le permitiría iniciar su propio camino en la vida. Un camino alejado de la prisión en la que había vivido, alejado de su propia historia. También conversó con el tabernero que regentaba su lugar preferido para comer y beber, era un lugar con poca luz, situado en cerca del puerto en el barrio mas marginal de la ciudad, pero nadie en el mundo daba tan bien de comer y sus cócteles adquirieron tanta fama que, a pesar de su situación, siempre estaba a rebosar. Aun así el lugar había conocido tiempos mejores. El tabernero le dio el contacto de una persona que buscaba un compañero de piso para compartir gastos.
Como dos padres protectores Frelser y Sjoman habían proporcionado a Hoper un lugar y una manera de iniciar la vida por su cuenta. Partían ahora para compartir su vida juntos, probablemente unos 30 años mas surcando los mares y lo que les quedara de vida retirados en algún puerto tropical donde la tranquilidad, el sol y la lluvia fueran sus últimos compañeros de viaje. No, los momentos perdidos no pueden recuperarse, pero la vida que les quedaba por delante la vivirían juntos.
Fue triste la despedida. Lágrimas en los ojos de dos buenos hombres que cualquiera hubiera calificado como duros. Abrazos que se sucedían. Buenos deseos y el compromiso de volver a verse para contarse historias. En aquel momento no sabían que nunca volverían a verse.
El Siste inició su singladura. Hoper se quedó en el puerto bajo una fuerte nevada hasta que perdió completamente de vista el barco. Caminó hasta el faro que se encontraba en un saliente de un acantilado buscando la soledad absoluta y lloró desconsoladamente hasta que el dolor se mitigo lo suficiente. Viviría siempre con esa pérdida pero una nueva vida le estaba esperando. Frelser le salvó, le acogió, sin tener que hacerlo, sin conocerle. Sjoman le proporcionó una vida. Dos buenos hombres, un ejemplo a seguir.

Cuando llegó a su nuevo hogar Regn, su nueva compañera de piso, dormía en su habitación pero Putnik fue a buscarle en cuanto oyó la puerta. Sin cenar se tumbó en la cama y se pasó la noche en vela acariciando el suave pelaje del felino que dormitaba recostado en su pecho.

martes, 10 de enero de 2017

Llueve.
No puedo dejar de mirar la lluvia.
La amo.
La amo y la echo en falta cuando no viene,
La recuerdo siempre,
pienso en su suave caricia de vida y sonrío.
La espero.
Espero con paciencia a que venga,
a que me traiga sus besos cálidos,
sus besos fríos,
sus tiernos abrazos.
Pasan días, meses pero la espero
y cuando viene salgo a su encuentro,
un chispa en mi mirada,
un incendio en mi corazón,
calor en mi piel,
deseo en mis manos.
Aprendí a amarla así,
cuando ella quiere regalarme su compañía.
Ojalá hubiera sabido amarte así,
ojalá pudiera haberte amado así,
paciente,
sosegado,
esperando a que vinieras a buscarme,
sin impaciencia,
sin nervios,
sin desasosiego,
sin dolor.
No supe hacerlo, me arrepiento.
Y ahora en cada día de lluvia me arrepiento,
en cada día de sol miro al cielo.
Tal vez ahora haya aprendido amarte,
cruzando este desierto de arena y sal
tal vez aprendí amarte.
Demasiado tarde,
tu lluvia no volverá a besar mi piel,
tus ojos no volverán a mirarme,
no volveré a sentir tu frio,
ni tu calor,
no volverás a envolverme entre tus brazos.
Ahora, que tal vez haya aprendido a amarte,
tan solo puedo mirar al cielo
esperando el milagro de tu lluvia en mi desierto.


lunes, 9 de enero de 2017

CCPR- Hoper XXIV: Vidas y destinos

Larga fue la noche y largas fueron también las siguientes. Frelser y Sjoman ansiaban recuperar el tiempo perdido y se enzarzaban en largas conversaciones, Hoper, siempre con Putnik en su regazo, escucha las historias, a veces con interés otras afectado por la somnolencia. Pero el tiempo, por desgracia, no se puede recuperar, todos esos momentos, esas vidas, que no estuvieron juntos no volverán. Las mejores historias eran aquellas de cuando, en tiempos escolares, pasaban horas y horas en mutua compañía, bailaban como dos delfines jugando con las olas en el mar, armonía, diversión, felicidad…rostros sonrientes y nostálgicos. Hoper aprendió el valor de compartir momentos, de compartir vidas, las historias, las conversaciones, por muy buenas que sean, nunca podrán acercarse a lo que significa convivir. En el nexo de unión entre dos personas tiene mas valor un día de convivencia que años de conversaciones.
Aquella noche, la primera, tras conversar largamente sobre sus idas y venidas por este mundo y, en el caso de Frelser, incluso por otros, Sjoman centró sus ojos en Hoper y cuestionó a su amigo con la mirada. Frelser fue sincero y contó punto por punto la historia, la situación de fugitivo proscrito de Hoper y como él, habiéndole ayudado, probablemente se encontrara en la misma situación. La indecisión apenas duró un momento en el semblante de Sjoman, entre sonrisas dijo que precisamente estaba buscando una persona de seguridad y un nuevo estibador. Esas serían sus ocupaciones en el barco y así se los presentaría al resto de la tripulación. El barco zarparía al día siguiente de Rotterdam, se alejarían del peligro inminente, los Flykte, Frelser y Hoper, escaparían y nadie los buscaría en medio del mar norte, donde solo la lluvia y el frio se atrevían a llegar. Y así fue, a la mañana siguiente el Siste inició su singladura y con ella las vidas de Hoper y Frelser tomaron también un nuevo rumbo.
Y nevó. Hoper, que pasaba la mayoría de sus horas libres en cubierta, se quedó allí bajo la tormenta de nieve. El mar estaba agitado y las olas rompían contra el casco llegando sus aguas hasta la cubierta. Frio y viento. Hoper se sentía libre. No pensaba, simplemente miraba disfrutando del espectáculo de la naturaleza. No sabía que le traería la vida pero cualquier cosa sería mejor que la prisión donde pasó sus primeros años de juventud. Cualquiera sin experiencia en el mar se hubiera mareado pero nada era comparable a hacer un viaje interestelar en la sentina de una nave de salto. El pelo y el cuerpo blanqueado por la nieve, las cejas llenas de escarcha, el aliento congelado por el frio. Mar, agua, frio, nieve aquel era su hogar, el lugar donde mas a gusto se había sentido nunca consigo mismo, una sensación de bienestar que sin embargo no ocultaba el vacío de su vida. Las historias de Frelser y Sjoman le venían a la cabeza. No, no se quedaría allí, Hoper quería vivir la aventura de su propia vida.

Llegaron a su destino, un puerto de mala reputación donde contrabandistas que ejercían de Robin Hood renovado y rebeldes antisistema convivían en una inestable armonía apartados del férreo control que las autoridades ejercían sobre otros puertos. Un limbo de libertad, de auténtica libertad, en una ciudad apartada del mundo por sus condiciones meteorológicas extremas, a pesar de lo cual contaba también con un pequeño espacio puerto que enlazaba con la estación orbital. En aquella ciudad podría empezar a construir su vida y quería que Frelser estuviera a su lado, quería poder contar historias de vida compartidas con Frelser y que al igual que se iluminaban los ojos de Sjoman al contarlas se iluminaran los suyos propios. Pero Frelser había elegido otro destino, se quedaría en el Siste junto a su viejo amigo, el único auténtico amigo que había tenido en su vida. dos viejos hombres que empezaron su vida juntos y así querían terminarlas. Hoper pensó en quedarse también pero Frelser le dijo que su destino no era dejar pasar la vida mirando al mar en un barco en compañía de dos viejos que ya habían vivido lo suficiente. Tenía que vivir para poder contar historias, tal vez para contárselas a él mismo cuando se reencontraran. Sus vidas estaban ligadas para siempre pero sus destinos eran diferentes, Frelser se encaminaba hacia el ocaso y había encontrado el lugar donde quería quedarse, para Hoper aun estaba amaneciendo y tenía que encontrar su propio camino. Lágrimas y dolor cuando se separaron. Abrazos, los mismos abrazos que se hubieran dado un padre y un hijo cuando este último abandonaba el hogar familiar para emprender la vida por su cuenta. Ley de vida, amor eterno. Volverían a encontrarse para contarse historias. Sus vidas estarían unidas para siempre.

jueves, 5 de enero de 2017

CCPR- Hoper XXIII: Rencuentro

Cuando intentaron abordar el barco fueron detenidos por un rudo oficial de máquinas que les impidió subir. Tras la polémica en prensa con la llegada del navío a puerto había decidido apostar un hombre en la pasarela para evitar que accedieran a él periodistas, ecologistas o simplemente curiosos. Tardaron un buen rato en convencer al marinero de que Frelser y el capitán Sjoman eran viejos conocidos y que aquella era una simple visita de cortesía. El oficial parecía penetrarles con aquella mira acerada pero finalmente consintió y comunicándose con uno de los oficiales del puente les franqueo la entrada. Eran una pareja curiosa y con ninguna pinta de ser peligrosa, aunque como el propio Frelser sabía por experiencia no te podías fiar de las apariencias. En su trabajo, en su vida siempre había tratado de leer en los ojos de las personas y llegó a adquirir una habilidad relevante en ello. Siempre lo había hecho, desde que era un niño miraba a los ojos a las personas e intentaba entenderlas. Fue un niño de pocas palabras, tímido, escuchaba, miraba y aprendía de las personas y veía algo parecido en Hoper. Pero en aquellos ojos rasgados castaño claro, en los ojos de esa mujer a la que tanto amó, a la que después de tantos años seguía amando, apenas conseguía leer. A veces veía la alegría, la tristeza, una mirada picara, divertida, preocupada pero nunca logró leer en la profundidad de aquellos ojos. Al principio creyó hacerlo, y probablemente lo hizo,  pero cuando ella decidió cerrarlos se apagaron las luces y era incapaz de leer. Tal vez simplemente sucedió que lo que estaba en ellos escrito no era lo que Frelser quería leer.
El oficial de puente les condujo hasta el camarote del capitán, tocó a la puerta y entró sin esperar la respuesta. Los ojos de Sjoman se clavaron en Frelser y aunque su rostro impasible no varió parecía expresar una sonrisa, despidió al oficial y les pidió que pasaran. Era un hombre fuerte, tenía el pelo cano y rizoso y una larga barba blanca, lucia unas gafas de pasta totalmente anacrónicas porque no había problema de visión alguno que en aquellos tiempos no pudiera resolverse con una sencilla cirugía. Lucia un jersey alto de cuello y pantalones azules, parecía salido de un viejo libro de marinería. Su camarote era grande pero austero, los libros se acumulaban en baldas que rodeaban todas las paredes, sobre su mesa de despacho, sobre la mesilla que había al lado de su litera y también esparcidos por el suelo.

Se acercó a Frelser y ambos se fundieron en una abrazo. Hoper sientió como aquellos hombres duros abrían sus corazones. Mas de ochenta años sin verse y aquella estrecha amistad que habían mantenido de niños seguía viva en ellos. Pasado aquel primer momento emotivo fue como si solo hubiera pasado el fin de semana y volvieran a la escuela y sin embargo había ochenta años de historia que contarse y pasaron varias horas dando pinceladas a los cuadros de su vida. Hoper simplemente escucha, atendía a aquellas viejas historias de dos hombres, historias de dos vidas, iguales y diferentes a las que podía haber vivido cualquiera, historias que nadie contaría, que tras su muerte nadie recordaría, historias de dos simples seres humanos. 

miércoles, 4 de enero de 2017

CCPR- Hoper XXII: Pasado

Hoper comprendió sin que le dijeran nada. Algo había pasado le estaban buscando y probablemente a Frelser, la persona que le había liberado, su amigo, su segundo padre. Entró precipitadamente en el taxi y se acomodó al lado de Frelser. El silencioso motor eléctrico aceleró con fuerza y avanzaron a toda velocidad por la carretera de la costa. La noche era cerrada, llovía con intensidad y los limpiaparabrisas apenas si daban a basto para secar la luna. Murmurando, Frelser le contó lo sucedido mientras con su escáner cambiaba de nuevo la información de su Chip y por primera vez en su vida la del suyo propio. Los Flykte, padre e hijo, ambos estibadores del viejo puerto marítimo y de familia de tradición marinera. Pocos barcos existían ya, casi todo en la tierra se transportaba en cargueros orbitales mas modernos, mas rápidos pero también mas caros. Pocos hombres y mujeres de mar quedaban ya y todos tenían curtido el semblante por el frío viento de las profundas aguas del mar del norte. Mujeres y hombres duros como una roca a los que era difícil llegarles al corazón pero si alguien lo conseguía se deshacían por dentro. Y los estibadores, tal vez por proximidad, estaban imbuidos de un carácter similar y también los estaban, sin duda por razones diferentes, Hoper y Frelser. Y por mar huirían, el mismo mar que ambos, sin saber porque, amaban, el mismo mar en el que un día Frelser perdió a su amor para siempre. Putnik se revolvió en su bolsa y con el morrito consiguió abrir la cremallera y asomó la cabeza. Los ojos tristes de Hoper volvieron a brillar y alargó su mano para acariciar su cabeza.
Buscaron en el puerto a un viejo conocido de Frelser, el que fuera su mejor amigo en su época escolar, una lástima que la vida les hubiera llevado por caminos diferentes, a mundos diferentes. Frelser comenzó a trabajar como guarda de seguridad y tuvo cientos de destinos, la mayoría de ellos, especialmente al principio, fuera de la tierra. Sjoman, su amigo de la infancia, embarcó como marinero raso en un viejo buque de carga del que nunca volvió a bajarse y en el que había viajado prácticamente a todos los lugares de la tierra. El mar y el espacio les había, dos lugares por los que viajar en busca de un destino.
El Siste era un viejo pero enorme carguero impulsado por obsoletos motores de fisión nuclear altamente contaminantes y peligrosos. Está circunstancia hizo que su presencia en Rotterdam no pasara desapercibida para Frelser porque algunos grupos ecologistas de la ciudad hicieron mucho ruido al respecto y alertaron de la presencia del buque en la ciudad y los peligros que conllevaba y se vio reflejado en la prensa, especialmente en aquella que controlaban las corporaciones que gestionaban los cargueros orbitales. Frelser había leído la noticia hacía unos días y según ponía estaría atracado en el puerto una semana. Cuando leyó que el barco lo capitaneaba un tal Sjoman pensó en contactar con él e ir a visitarle, sin embargo no lo hizo. Suele pasar en la vida que las personas importantes de las cuales, por las circunstancias, nos separamos se quedan tan solo en el recuerdo. Y aun teniendo oportunidad de volver a verlas no queremos hacerlo, tal vez por miedo a que para ellas ya no signifiquemos nada o que no sepamos ni tan siquiera de qué hablar con ellas. Y así fue con Frelser, aunque la idea le ilusionó por un momento, sus ocupaciones primero y Hoper después le sirvieron como excusa para no intentarlo.

Obligado por la situación en la que se encontraba acudía ahora a una cita con el pasado.

martes, 3 de enero de 2017

CCPR- Hoper XXI: Identificado

Frelser acompañó a Hoper hasta un solitario lugar sobre un acantilado desde el que se divisaba gran parte de la abrupta costa de Rotterdam. Desde que contempló el mar desde lo alto de aquel enorme edificio Hoper solo podía pensar en visitar el mar, en sentarse en algún lado para contemplarlo, en eso y en volver a tener Putnik entre sus manos para acariciarlo. Era como un niño, la ilusión por las cosas mas sencillas desbordaba sus ojos verdes y hacía que chispeara a su mirada.
Frelser marchó al trabajo dejando bajo la fina capa de lluvia a Hoper. A penas se habían separado y ya tenía ganas de volver a estar con él, definitivamente era como el hijo que no había tenido. Después de hacer la ronda rutinaria con Putnik acompañándole y cruzándose todo el rato entre sus piernas, se sentó en la silla de su garita y acariciando a Putnik empezó a pensar de nuevo con preocupación en el futuro que podía esperarle a Hoper. Poco duraron sus pensamientos porque en el vid de comunicaciones apareció la cara del jefe de seguridad que le convocaba a su despacho de inmediato. Cuando llegó allí en la pantalla del vid del jefe aparecía una foto y el historial completo de Hoper incluido por supuesto su condición de proscrito. Frelser había pensado que el jefe no le había dado mayor importancia al incidente y que lo dejaría pasar hasta que se le olvidara pero evidentemente, como en tantas ocasiones, se había equivocado. El jefe le sometió a un profundo interrogatorio del que Frelser, por la experiencia que dan los años, supo salir airoso y sin que recayera sobre el ninguna sospecha. Pero no evitó que el jefe enviara un informe a las autoridades de lo que había sucedido. Frelser salió temblando del despacho.
Hoper miraba al mar, lo miraba con la mirada perdida, sentía el agua de lluvia resbalando por su cuerpo, el viento azotándole en la cara, el frio congelándole las entrañas. Estaba vivo. Era la única respuesta que el mar traería pero se quedó allí mirando al horizonte, observando la espuma blanca de las olas rompientes. El mar le atraía, le atraía como nunca le había atraído nada.
Frelser pensó en salir de inmediato, sin que acabara su turno, pero si lo hacía levantaría sospechas y probablemente en vez de ganar tiempo lo perdería porque orientaría claramente la búsqueda de Hoper hacia el mismo. Confió en que la comunicación de su jefe no fuera vista hasta el día siguiente por el funcionario de turno, al fin y al cabo era turno de tarde y muchos funcionarios solo trabajaban por la mañana. Cuando llegó la hora, metió a Putnik en una bolsa y se lo llevó con él. Le enseño la bolsa al mismo joven guardia de seguridad que custodiaba la salida por la que había escapado de allí Hoper. Con la cola y las protestas habituales y sin directrices sobre qué hacer si alguien quería salir con un animal de las instalaciones le franqueó el paso con cara de agobiado. Seguramente el jefe también le había interrogado y si se enteraba de este nuevo incidente de seguridad es probable que sus días de guardia se hubieran acabado para siempre.
Frelser corrió al tubo y del tubo a casa, al llegar se sorprendió de no encontrar a Hoper allí y se alteró aun mas de lo que estaba. Sacó unas maletas que pensaba que nunca volvería a usar y las llenó con ropa de ambos y con cuatro cosas que consideró que podían ser de utilidad. Hoper seguía sin aparecer y no tenía manera de comunicarse con él, debía haber comprado un vid de bolsillo para él pero no lo hizo y ahora no había tiempo de preocuparse por los errores. Salió precipitadamente a la calle y cogiendo un taxi se dirigió al punto de la costa en el que lo había dejado.

Allí estaba, había anochecido por completo y tan solo la luz residual de la ciudad iluminaba tímidamente la costa pero ahí seguía, con los ojos clavados en el mar, calado hasta los huesos pero con una mirada brillante y una sonrisa en su cara.

lunes, 2 de enero de 2017

CCPR- Hoper XX: Dudas

Frelser se levantó cuando un sol frio empezaba a asomarse por el horizonte, mediaba el otoño y en los cielos grises la luz escaseaba. Se encontró a Hoper mirando por una ventana el ajetreo de las calles, mujeres y hombres se cruzaban en la calle dirigiéndose a sus destinos como autómatas, sin levantar la mirada, con rostros serios, como si tuvieran que defenderse de un posible ataque de otros. Frías como el hielo son las calles, perdemos la humanidad cuando salimos y solo mostramos nuestro lado mas humano cuando estamos en entornos de confianza. No cruzamos las miradas en el ascensor como si una mirada fuera una agresión, como si con una mirada pudieran hacernos daño. Compartimos espacios pero no compartimos vidas. Frías y tristes son las calles. Pero Hoper las contemplaba como si fueran un espectáculo grandioso y lo era, porque aquellas personas que iban y venían por las calles eran libres, podían elegir ir hacia un lado u otro sin que nadie determinara sus pasos. Pero Frelser tenía otra visión, lo veía de otra manera, aquellas personas no estaban no estaban encerradas en un planeta prisión donde todos sus pasos eran dirigidos y controlados pero eran presas de sus trabajos, de sus obligaciones, presas en sus propias vidas. Podían elegir, es cierto, pero elegir algo diferente a menudo te deja fuera del sistema. Se sentó junto a él y observaron la calle un buen rato la calle sin decir nada.
Frelser no había dormido a penas nada en toda la noche y se sumió en los mismos pensamientos que le habían quitado el sueño. Había sacado a Hoper por las instalaciones y estaba claro que estaba desarrollando ciertos sentimientos paternales hacia él pero era una auténtica locura. Estaba albergando a un proscrito al que había ayudado a huir, un joven destinado a estar escondido, un joven sin profesión, un joven con un futuro incierto y un pasado tremendamente complicado. No sabía nada de él, leía la bondad en aquellos grandes ojos verdes y en su sonrisa inocente pero podía ser exactamente lo contrario. Frelser había conocido muchas personas en su vida, por su trabajo se había topado con muchas con malas intenciones pero esto no cambiaba su visión de que en interior de casi todas las personas guardaba al menos un poso de bondad y que eran las circunstancias, las vivencias de las personas y las necesidades e intereses personales las que les llevaban a obrar mal. De todas las perversiones humanas la que peor soportaba Frelser era la codicia porque suponía no que te faltara algo si no que querías tener mas a costa de lo que fuera y normalmente era a costa del sacrificio de otras personas. La vida no valía nada para algunas personas cuando la codicia estaba de por medio, la dignidad no valía nada, no existían los valores cuando la codicia te pervertía. Monstruosos delitos se habían cometido por la codicia y en muchas ocasiones se vestían de causas nobles, mentiras que encontraban la colaboración de los medios de comunicación, de los políticos porque el dinero y la riqueza era el único valor que entendían. Para Frelser el único valor, el verdadero valor eran las personas, por eso había ayudado a Hoper, por eso le había albergado en su casa e incluso aunque Hoper le decepcionara él lo había intentado. Perder cuando se apuesta es una posibilidad pero hay apuestas que han de hacerse aunque se pierda. Así es la vida, es lo que hay –como decía ella-, no siempre son alegrías, la vida incluye perdidas, incluye dolor pero no debemos quedarnos solo con la parte triste. Cuando la perdió a ella sufrió como nunca había sufrido, su vida perdió totalmente el sentido, se limitaba a vivir, y bastante de eso quedaba todavía, pero entendió que las pérdidas son consustanciales a la vida y se dio cuenta de que la historia que había vivido muy pocas personas la habían vivido, se dio cuenta del privilegio que había supuesto tenerla a su lado y que no podía vivir eternamente sumido en la tristeza y el dolor porque la vida había sido bondadosa con él. Y decidió no centrarse en lo que le faltaba si no en lo que tenía y sonreír al mundo aunque las sonrisas nunca mas serían tan plenas, tan exultantes, como cuando quedaban en cualquier lugar y sus miradas se encontraban por primera vez. Siempre fue así, incluso cuando sabían que se despedirían con lágrimas.

Pasó el brazo por encima de los hombros de Hoper y una sonrisa se dibujó en el rostro de ambos. En silencio, se quedaron mirando por la ventana como empezaba a caer una fina lluvia sobre las baldosas grises de la calle. 

viernes, 23 de diciembre de 2016

Zorionak

Cuando ayer a la noche, aprovechando un insomnio que, por suerte, cada vez es mas esporádico, pensaba en que podía escribir hoy para despedir el año (me cojo vacaciones y no volveré hasta enero) me salían, como siempre, los típicos deseos de felicidad navideños. A la par, y es que las noches son muy largas, me dio por hacer balance de lo que había sido mi año y me di cuenta que ponía el acento en lo que me faltaba, en lo que echaba de menos en mi vida, en aquello que no tenía. Y es cierto que eso que me falta me ha dejado un vacío vital que es muy complicado, por no decir imposible, de llenar con otras cosas. Pero tengo una familia, amigos, un lugar donde vivir, un trabajo que, aunque me dé muchos dolores de cabeza y haya perdido la cuenta de cuándo fue la última vez que cobré mi salario integro –maldita crisis-, me satisface y me permite vivir con dignidad. Tengo más que cubiertas las necesidades básicas de todo ser humano y hay muchas personas a mi alrededor que me quieren y a las que quiero, sería injusto mirar solo las cosas que me faltan y no permitirme ser feliz por ello y aun así reconozco que me cuesta.
Hay personas en el mundo que no tienen nada, que mueren de hambre en la calle, que el techo bajo el que se cobijan son unas estrellas, y muy lejos del romanticismo solo sienten el frio de la noche, personas cuyo sueño es subsistir al día siguiente y vivir un día mas sin tener tan siquiera la esperanza de que el día siguiente será mejor y algún día su situación cambiará. Puede parecer que esas cosas suceden lejos, en otras países, casi en otros mundos, pero también suceden aquí, en nuestras calles y en realidad da igual dónde porque son seres humanos. Los casos más extremos se cuentan por cientos de millones en el mundo y sumaríamos muchos cientos mas si incluimos también aquellos que, teniendo alguna, no tienen todas sus necesidades básicas cubiertas.
Y personas sin trabajo o sin un trabajo digno, y mujeres explotadas sexualmente, personas –mujeres especialmente- que sufren todos los días la violencia, personas que han buscado un futuro mejor para solo encontrarse con el rechazo, conflictos bélicos que se llevan vidas por delante por la avaricia del tener (ninguna guerra tiene otra razón aunque quieran aparentarlo) y tantas otras desgracias que no deberían darse y de las que somos en parte responsables.
Sí, me falta algo, siento un inmenso vacío que probablemente nunca llegue a llenar, pero soy de esos pocos privilegiados que lo tengo casi todo. Quiero poner en valor todo lo que tengo y hacerme consciente de que tengo muchas y grandes razones para ser feliz. Y transmitir también esa visión de que no podemos ni debemos centrar nuestra mirada en lo que nos falta porque si lo hacemos nunca conseguiremos ser felices.
Buscad en vuestro corazón el sentimiento y en vuestra cabeza la manera de ayudar a todas esas personas que están peor nosotros. No pensemos solo en dinero, también tenemos nuestro tiempo y lo que somos y dando algo de lo que tenemos tal vez acerquemos un poco la felicidad a alguna persona y probablemente también  nosotros seamos mas felices. No penséis en arreglar el mundo porque es un objetivo demasiado grande para lo que está en nuestra mano, nos frustraría y nos valdría de excusa para decir que como no puedo cambiarlo todo no puedo hacer nada, pensad en lo que podéis arreglar vosotros y en la medida de lo poco que vayamos cambiando también estaremos cambiando el mundo.
Poned en valor lo que tenéis, sonreíd al mundo y tal vez el mundo os devuelva esas sonrisas. Nos faltan cosas sí, algunas tal vez muy importantes, pero que lo que nos falta no nos impida ser felices.
Gracias por estar ahí y darme tanta felicidad con vuestras visitas

ZORIONAK ETA URTE BERRI ON

miércoles, 21 de diciembre de 2016

CCPR- Hoper XIX: Libre

Era media tarde aun cuando llegaron a la ciudad en el tubo. Hoper se pasó el viaje mirándolo todo, le recordaba a Putnik, la misma curiosidad, todo parecía nuevo para él y en parte lo era porque en los años que había pasado fuera, unidos al efecto relativista de los viajes a velocidad cercanas a la luz, el mundo había cambiado. Tal vez no hubiera cambiado demasiado en las grandes cosas, los sistemas políticos y económicos eran los mismos que conoció, pero las tecnologías hiperdesarrolladas en el momento que se fue seguían avanzando.
Frelser quería llevarle a su casa para que descansara y para apartarle de las calles donde le parecía que podía estar en riesgo si el jefe de seguridad investigaba. Pero Hoper no quería ir, quería visitar la ciudad, ver ese mundo que se había perdido durante 32 años 7 meses y un día. Frelser aceptó de mala gana y con la única condición de que entraran a una barbería donde le afeitaran y le arreglaran el pelo para que en el peor de los casos nadie pudiera reconocerle.
Con el pelo corto y sin barba tenía un aspecto mas juvenil todavía, no aparentaba la edad que tenía, y unido a su actitud curiosa parecía un cachorrito igual que Putnik, un adolescente que no conoce la vida. Pasearon por las calles y Hoper no dejaba de mirar todo, de mirar hacia arriba para ver los tremendos edificios de cristal que se elevaban tanto que parecía que atravesaban el cielo hasta tocar las estrellas. Pasearon y pasearon Hoper quería verlo todo. Frelser estaba cansado pero viendo la ilusión en aquellos grandes ojos verdes no quería negarle nada. Se sentía libre, después de muchos años era libre, no podía impedir que disfrutara de su libertad el primer día. Pasaron al lado del edifico mas alto de la ciudad, un monstruo de cristal de mas de un kilometro de altura. Era de noche ya y la tenue iluminación de la ciudad y el edificio le daba un aire de romanticismo. La echaba de menos y empezaba a sentir que Hoper era como el hijo que nunca había tenido, el hijo que le hubiera gustado tener con ella.
Agarrándole del brazo le metió en el edificio y después de pagar la correspondiente tarifa se dirigieron a unos ascensores que recorrieron el kilometro que les separaba de la azotea en unos pocos segundos. Soplaba el viento con intensidad, chispeaba y hacía frio pero se pasaron allí mas de una hora. La vista de la ciudad era espectacular, kilómetros y kilómetros de rascacielos que parecían enanos al lado del que se encontraban. Las calles prácticamente ni se veían y las personas que circulaban por ellas eran unos puntitos. Frelser le contó historias, historias de cada edifico importante, de los parques que se veían y también anécdotas con las personas que habitaban aquella ciudad portuaria. Rotterdam fue durante siglos el puerto marítimo de mercancías más grande e importante del mundo, la historia cambió con los viajes espaciales que llegaron siglos mas tarde pero aprovecharon sus infraestructuras para adaptarlas a las necesidades del transporte espacial y lo que fue el puerto marítimo mas importante del mundo se reconvirtió en el espacio-puerto mas importante de la galaxia. Frelser siguió contando historias y curiosidades hasta que se dio cuenta de que Hoper no le estaba haciendo caso. Se había quedado con la mirada perdida mirando al mar.

El viento estaba sutilmente impregnado de aroma yodado del mar y arrastraba de vez en cuando alguna gota de agua salada que se mezclaba con la fina lluvia que estaba cayendo. Se quedó mas de una hora en silencio contemplándolo y sintiéndolo hasta que las nubes cubrieron por completo la luna que se asomaba en el horizonte para iluminarlo. Hoper quería ir allí, al mar, quería verlo de cerca pero no era el momento. Le pidió a Flerser que, ahora si, le llevara a su casa y no dijo una palabra mas en toda la noche.

martes, 20 de diciembre de 2016

CCPR- Hoper XVIII: viejos desconocidos

Llegó la hora del cambio de turno, Hoper recibió con mala cara tener que separarse de Putnik, a pesar de todo lo que había pasado, o tal vez precisamente por eso, un niño habitaba aun en su interior, pero no puso ninguna objeción.
Se dirigieron hacia la salida, por suerte solo tenía que pasar un control. Oteando desde lejos Frelser identificó a otro guardia de seguridad, algo más joven que él, con el que había coincidido en muchos destinos pero con el que tampoco, como con nadie, mantenía una estrecha relación. Simplemente eran viejos conocidos. Identificó también a un joven que acababa de empezar y del que todos decían que no tenía madera para ese trabajo. Por la puerta que custodiaba este último pasaría Hoper por la del viejo conocido lo haría él mismo una vez que Hoper hubiera franqueado la salida.
Se demoraron un rato para esperar la aglomeración que se solía dar unos 10 minutos después del cambio de turno. Hoper con su ropa nueva, el uniforme de operario solo era por si entraba alguien al almacén levantar las mínimas sospechas posibles, tenía otro aspecto. A pesar de su delgadez era un hombre joven y fuerte y aquellos ojos verdes y el pelo y la barba enmarañados le hacían bastante atractivo aunque no se pudiera decir que era un hombre guapo. Uno mas entre cientos de personas, por ese lado no había problema. Le indicó a Hoper en que cola debía situarse y en poco tiempo la cola dobló su tamaño. Frelser se quedó observando con impaciencia la lentitud con la que se movía la cola y recogió con satisfacción los primero murmullos de protesta que pronto se convirtieron en un clamor. La cola empezó a avanzar mas rápido porque el joven vigilante únicamente pasaba el escáner por el chip para que la puerta se abriera, sin hacer ninguna comprobación de que la identidad se ajustaba a lo marcado en el chip. Justamente la reacción que buscaba Frelser.
Llegó el turno de Hoper, avanzo con cara de pocos amigos, como molesto por la espera, y extendió su brazo como de mala gana para que el joven lo escaneara. Se encendió la lucecita verde en el escáner y sin mas dilación el vigilante pulso el botón para de apertura de la portezuela metálica. Hoper salió sin mirar atrás y se dirigió al punto que había acordado con Frelser. Moverse con libertad era extraño para él, aquel lugar era extraño para él y le costó encontrar el lugar en concreto probablemente mas por lo primero que por lo segundo.
Frelser esperó prudentemente y cuando se dirigió la cola que había elegido solo había 3 personas delante suyo y una mas que se puso posteriormente detrás, su viejo conocido era mas concienzudo en el análisis de seguridad y sin la presión de la cola se tomaba mas tiempo todavía para las pertinentes comprobaciones. Cuando le llegó el turno a Frelser ambos se saludaron y cruzaron unas pocas palabras cordiales. Le acercó el escáner a su brazo que de inmediato le identificó correctamente al tiempo que una lucecita roja parpadeaba. Frelser puso cara de sorprendido pero no le dio mas importancia, el vigilante hizo las comprobaciones oportunas en el aparato y le dijo que según marcaba había salido diez minutos antes de las instalaciones. Frelser le dijo que de ser así estaría ya casi tumbado en el sofá de su casa en calzoncillos. Ambos se rieron pero el vigilante siguió con las comprobaciones mientras Frelser esperaba aparentemente tranquilo. Se dirigió a la persona que estaba detrás de Frelser en la cola y tras una breve explicación le pidió que saliera por otra puerta.
Frelser y el vigilante se dirigieron entonces a la puerta custodiada por el joven que no sabía ni de que le estaban hablando. El vigilante hizo las comprobaciones oportunas y en la pantalla se mostraron las imágenes de Hoper saliendo por la puerta. Llamó a Frelser para enseñarle las imagines y le dijo “ese eres tú”, a lo que le respondió ya nos gustaría a nosotros tener esa edad y esa presencia. Ambos volvieron a reir. Después de darle muchas vueltas y siendo evidente que Frelser era Frelser, el vigilante empezó a hablar de un posible falló en el sistema. Metió la foto del hombre y le volvió a salir la identidad de Frelser. Aquello nunca le había pasado pero tampoco tenía sentido retener a un hombre al que conocía y del que estaba seguro de su identidad y así se lo dijo. Frelser le contestó que no había problema que si tenía que quedarse hasta que se resolviera el asunto no tenía ningún problema, sus calzoncillos podían esperar. Rieron de nuevo. Tras un nuevo rato tecleando en el ordenador dio aviso a sus superiores y se personó el jefe de seguridad, un hombre también mayor y que les conocía a ambos. Una vez puesto al día le dijo a Frelser que se fuera, que no había ningún problema con él y que investigarían quién era la persona que había suplantado su identidad o qué tipo de error se había producido en el sistema pero que tenía otros asuntos mas importantes de los que ocuparse y aquel hombre había pasado por el arco de seguridad sin que se le detectará absolutamente nada oculto dentro o fuera de su cuerpo. El jefe de seguridad guardó toda la información en su vid personal se dió la vuelta y se marchó sin despedirse. Los dos guardias se dirigieron a la puerta y se despidieron con una ligero ademán de cabeza.

Comenzó a llover y cuando Frelser se dirigió al punto de encuentro Hoper estaba con los brazos extendidos mirando al cielo, con sus pies chapoteando en el primer charco que se había producido.